Orden de la Caballería

Thursday, September 28, 2017

En la Edad Media, los señores feudales eran sumamente belicosos y a menudo luchaban el uno contra el otro, o contra de un rey, como vasallo de otro señor o como amo y dueño de su propio feudo. Los mismos hacían de la guerra un verdadero arte y tenían sus propios códigos y principios, marchando a la batalla a caballo, protegidos por sus armaduras de metal que cubrían todo el cuerpo. En el siglo XI, la Iglesia intervino, a fin de encauzar esos principios de la vida militar feudal, encarnados en los caballeros, creando la orden de la Caballería. Esto era una institución de carácter religioso-militar, en la que ingresaban los nobles dispuestos a combatir la injusticia, proteger al débil y sostener la religión.

Muy pronto, ser caballero fue un privilegio al que aspiraron los representantes más selectos de la nobleza feudal. Las normas rigurosas que reglamentaban el ingreso en la orden, obligaban al aspirante a cumplir, desde muy joven, un largo período de educación y adiestramiento, que se completaba, al alcanzar la mayoría de edad, con la ceremonia de admisión en la que era armado caballero. Aunque la institución de la Caballería no logró desterrar las violencias, ni los atropellos de los poderosos, consiguió, sin embargo, morigerar las costumbres, disminuir la belicosidad de los señores feudales y, sobre todo, exaltar el sentido de justicia, el honor y la cortesía.

Carrera e instrucción para ser caballero

A los siete años, el aspirante a caballero entraba a servir como paje a un señor, al que atendía en sus menesteres personales. Simultáneamente aprendía el manejo de las armas, sobre todo de la espada y la lanza, el arte de la equitación, ya que debía ser un habil ginete, tomaba parte en la vida social del castillo. Al cumplir catorce años de edad, se convertía en escudero e iniciaba su actividad militar, pues acompañaba al señor feudal en sus campañas militares y participaba con él en los combates.

Ceremonia de ingreso

A los veintiún años se hallaba en condiciones de ser admitido en la orden. El ingreso daba motivo a una solemne ceremonia, en la que participaba toda la nobleza señorial. La noche anterior, el futuro caballero tomaba un baño purificador y vestido con una túnica blanca y confesaba sus pecados a un cura. Acompañado por el obispo y padrino, depositaba sus armas en el altar y pasaba la noche entregado a la oración. Al día siguiente, cumplida ya la vela de armas, escuchaba misa y comulgaba delante del pueblo. Luego el obispo bendecía las armas y pronunciaba el sermón de los deberes.

Cumplida la ceremonia religiosa, el joven aspirante se dirigía ante el señor, y a su pedido, juraba defender la fe cristiana, el honor, y la justicia. Provisto de sus armas, se arrodillaba y recibía el espaldarazo, el cual era un leve golpe que el señor feudal a quien servía le aplicaba en el hombro derecho con la hoja de la espada, mientras le decía: "En nombre de Dios, ármote caballero". Consagrado como tal, el joven montaba en su caballo dispuesto a exhibir su valor y destreza. Mientras tanto, las campanas se echaban a vuelo y los espectadores prorrumpían en aplausos.